Directrices sobre la identidad
1) Tuiter me ofrece un máximo de 160 caracteres para escribir mi biografía. ¿Son suficientes para mi historia? Si he de decir con denuedo quién soy, sin ánimo de enfadar pero con la precisión de quién solo conoce sus ires y venires, me quedo cortísimo. El tema es que a nadie le importa —ni a mí—. Resumo entonces mi existencia como los demás: a partir de mis características físicas que no detesto, ciertos gustos y aficiones, y una embellecida trayectoria profesional. Con el paso del tiempo he ido recortando mi biografía, cada vez más impersonal y genérica, al punto de que esos 160 caracteres me parecen inabarcables. Hace poco tomé la decisión de utilizar una sola palabra: escritor. ¿Pero realmente lo soy? Estas líneas prueban que ciertamente escribo. Mi biografía, sin embargo, excluye adjetivos calificativos porque no puedo garantizar su valor.
2) No soy apátrida. Si alguien me pregunta de dónde soy respondo que de México. El meollo del asunto comienza cuando quieren indagar de qué parte de México. Jaque mate. Tengo una falla de origen, carezco de gentilicio estatal y de una ciudad. Nací en Guadalajara, pero crecí en Metepec, y en el medio viví un año en Tampico. Luego me fui a la Ciudad de México para estudiar mi licenciatura. Y tras una aletargada estancia de catorce años allí, recién me mudé fuera del país. Entonces, ¿de qué parte de México soy? Quién chingados sabe. Respondo según conveniencia —aunque rara vez esa conveniencia favorece a Metepec—. Si tuviera que elegir uno de estos lugares, me decantaría por el que me hizo más feliz. Así que soy tampiqueño, jaibo de corazón.
3) Uno no puede existir sin que el gobierno así lo decida. Es decir, no somos nadie hasta que tenemos, al menos, un documento de identidad —aunque necesitamos varios, como si cada uno agregase un elemento faltante a nuestra persona—. Las personas que no los tienen se convierten literalmente en ciudadanos fantasmas, sin acceso a derechos básicos y de primera necesidad. Estos documentos descansan sobre un mueganismo burocrático, entrelazados, pegados y codependientes. Por ejemplo, para obtener el acta de nacimiento de mi hijo recién nacido me pidieron lo siguiente: acta de alumbramiento, mi identificación y la de su madre —tenían que verificar también nuestra existencia—, nuestra acta de matrimonio, nuestro comprobante de domicilio, y una solicitud ante el registro civil. Así pues, si algún día mi hijo llega a dudar sobre su propia existencia, le podré decir con máxima seguridad: aquí está tu acta de nacimiento, no eres un fantasma.
4) El otro día, Pete —un vendedor malencarado de coches usados— me preguntó que de dónde era mi idioma. Me quedé pasmado, sin respuesta alguna, porque según yo hablábamos el mismo idioma. Tras días de reflexión llegué a la respuesta correcta. Si pudiera volver a ese preciso momento, o me encontrara de nuevo a Pete y me hiciera la misma pregunta, le contestaría: ¿Mi inglés mal hablado? Según entiendo, deriva de dialectos germánicos que llevaron antiguas tribus a Inglaterra. ¿Mi acento español? Ese viene del latín que predominó en gran parte de Europa, África y Asia. Aunque he de confesarte —¿estimado?— Pete que no soy germánico, europeo, africano ni asiático. Soy mexicano.
5) ¿Qué significa ser mexicano? El gentilicio arrastra algunos estereotipos de cajón: borracho, fiestero, tragón, zarapero, sombrerudo y bigotón; valemadrista, desmadroso, guadalupano, machista y malinchista; violento pero de gran carisma, siempre alegre y sonriente. Me deslindo de la mitad —vaya usted a saber de cuáles—. El escritor y sacerdote mexicano, Joaquín Antonio Peñalosa, presenta en su libro vida, pasión y muerte del mexicano: notas de costumbrismo, la que a mi parecer es una de las mejores definiciones al respecto. “De los apellidos del mexicano sólo habrá que decir que siempre ostenta dos. La razón es muy sencilla, porque nació de padre y madre. Los norteamericanos y los ciudadanos de muchos países únicamente usan un apellido, el del padre. Allá ellos. Porque el mexicano tiene madre”. Muy cierto. Aunque sea poca o chingada, tenemos madre.
6) Mi familia, particularmente la materna, es católica, apostólica y romana, en su cepa más conservadora y tenaz. De pequeño asistí religiosamente todos los domingos a misa. No fue hasta la preparatoria que pude deslindarme por completo de estas prácticas. No heredé culpas ni manías de ese pasado. Navego desde entonces sin bandera ante la inexplicable existencia humana. No tengo garantía de que la religión tenga la razón en lo que predican, ni de que no la tenga. Mi único legado en este rubro es que cumplí con las obligaciones católicas gracias a mis papás y a mi inocencia. Quién sabe, tal vez cuando me muera llegue a una ventanilla en donde, además del acta de defunción y un comprobante de domicilio, me pidan mi fe de bautismo.
7) El internet puede subsanar las dudas sobre nuestra identidad. No existe mejor remedio que los abundantes test en redes sociales del estilo “Responde estas preguntas y te diré cómo es tu personalidad con exactitud”; “¿Qué princesa de Disney eres en realidad?; “Contesta estas preguntas y te diré qué coche sería perfecto para ti”. Encontré hace unos días en Facebook uno que me quería decir el animal que soy según mi personalidad. Me ahorré unos clicks porque lo tengo clarísimo: soy un perro salchicha.
8) A propósito, Emilio, uno de mis dos perros salchicha, nació en Metepec, Estado de México. Su nombre se debe al fallecido y notable piloto mexicano Emilio Carranza. Héroe nacional, impuso un récord del tercer vuelo más largo en solitario. Resulta que Emilio —el piloto— fue seleccionado para realizar un vuelo de paz en 1928 desde la Ciudad de México hasta Washington y luego Nueva York. Durante su regreso se estrelló y murió en una vasta región de Pinos en Nueva Jersey, a veinte minutos de la casa en donde creció mi esposa y aún viven mis suegros. En el lugar erigieron un memorial en su honor, mismo que conoce bien mi familia política —de ahí el nombre de nuestro perro, pues mi esposa quería algo que le recordara su casa sin quitarle lo mexicano—. Hace tres años, en plena nevada, mi mujer llevó a Emilio —el perro— a conocer el memorial de Emilio —el piloto—. Quién diría que un perro salchicha metepequense llegaría tan lejos.
9) Y a todo esto: ¿Quién chingados soy yo?
10) Contra lo pregonado, considero que un intento de mi biografía sería un gran cierre para estas directrices. Aquí vamos. Mexicano, ceñudo y bigotón. Hincha del Atlas y solo del Atlas —qué es esa jalada de tener más de un equipo—. Tragón de tacos y bebedor de lo que sea. Trabajé en la PGR, en la sociedad civil, y como consultor independiente. Desde hace dos años me dedico de lleno a la escritura, aunque no me da para vivir. Puede ser que se deba a la calaña de mis escritos. Pero como bien dije, soy un escritor sin adjetivos calificativos. Total: 423 caracteres.


Primero rojinegro antes que mexicano. Buen texto Blanc!!!
Excelente escrito