Lucas
Un día de estos, mientras perdía el tiempo en Instagram, me salió un video de un chavito enternecido porque leía el diario que la mamá había escrito sobre su vida. Mentiría si dijera que no solté una lagrimita. Pinche ridículo. Ni siquiera sabía si estaba bueno el mentado diario, pero su reacción me conmovió hasta las entrañas. Imaginé entonces que algún día mi hijo, Lucas, se toparía con el mismo video y me diría: “Papá, dizque muy escritor, pero ¿qué escribiste sobre mí?”.
Esto no es un diario. No me alcanzan las palabras para contar lo vivido, aun cuando hoy cumple apenas nueve meses de nacido. Tampoco creo que sea interesante para el público en general, ni honroso para él, un registro de los sucesos diarios, acaparados por sus pañales. Si acaso, valdría mencionar aquel que explotó en la embajada gringa, minutos antes de la entrevista obligatoria con el cónsul para sacar su pasaporte. Tras el estallido, lo llevé de volada al baño, donde le puse un nuevo pañal y limpié lo que pude de su pantalón y sus piernas, junto a una fila de godínez güeros que esperaban angustiados su turno en el único retrete del lugar.
Mi mayor logro como padre hasta el momento, además de mantenerlo incólume siendo primerizo, es entender lo que quiere sin necesidad del idioma. Soy el detective de sus gestos, especialista en el tono de su llanto, el perfumista de sus gases. Desde lejos puedo diferenciar entre su sonrisa de “ya me zurré” y la de “estoy cansadísimo”. Lo mismo con sus quejidos de hambre o hartazgo. Su carcajada me dice cuán divertido soy sin decírmelo. Y yo, mejor que nadie, comprendo su ceño fruncido, no como una expresión negativa, sino como una reacción natural ante las sorpresas interminables de la vida.
Él ha desarrollado un sistema de entendimiento lingüístico a conveniencia. Si de cariño y diversión se trata, comprende a la perfección lo que digo. Puro jiji y jaja sin saber que solo repito su nombre en distintos tonos, o canto un rap inventado de mi ronco pecho sobre cualquier babosada. Pero cuando se trata de apechugar con cuestiones más estrictas, como acabarse la mamila o volver a dormirse a las tres de la mañana, desconoce por completo mi lengua. Una vez que da el salto hacia la incomprensión, no hay vuelta atrás.
Anteayer terminé de escribir estas líneas a su lado. Aproveché que estaba tranquilo, perdido en la inmensidad del tragaluz de nuestro cuarto, para leer el texto en voz alta. De entrada puso la misma cara que con las viandas, un disgusto profundo con el primer bocado que alberga la posibilidad de rechazo. Conforme avancé, el asco fue evidente, casi irremediable, así que recurrí a la técnica infalible del mango: una embarradita de mis palabras en el hueso y se las tragó en un dos por tres, sin regatear una sola migaja.


Escribes de una forma muy locuaz, con verbo rápido, y talento imaginal. Me gusta leerte!
Seguro que le encantará leerlo