Matamoscas
El martes temprano abrí el refrigerador para sacar un yogurt. La luz interior se activó al son del zumbido errático de una mosca. Deduje que se había colado a mis espaldas cuando jalé la puerta hacia mí, en busca de algunas sobras desprotegidas para posar sus patas y saborear mi sazón. Con la desmañanada que cargaba, solo entreví algunos compartimentos sin dar con ella. Su aleteo era cada vez más intenso. Hasta que moví unos tópers caí en cuenta de que estaba atrapada en la cesta de plástico de las moras azules.
Más allá del esperable asco, me invadió una profunda rabia, al borde de arruinarme el resto del día. Mi reacción respondió a la obsesión mosquil que heredé de mi papá: de él aprendí a nunca dejar viva una sola mosca. Tal es su fijación con el exterminio que la última vez que hablamos me presumió su nuevo matamoscas eléctrico en forma de raqueta. Como tenía a mi bebé en brazos, no pude cumplir con el mandato familiar. Saqué la cesta al jardín y dejé libre a la mosca. Imagino que la muy cabrona huyó contentísima, frotándose las patas con picardía, y al llegar al mosquerío más cercano faroleó lo sucedido: “el güey del 113 es a toda madre, me dio hospedaje y comida sin intentar matarme una sola vez”.
Al mediodía me encontré con mi esposa en la cocina y me reclamó por haber tirado las moras. Cuando le conté lo sucedido, me pidió disculpas, pues recordó que ella había sido la culpable: abrió la cesta de moras antes de que yo bajara con el bebé, se distrajo unos minutos y la guardó sin percatarse del premio que venía adentro. Encontré un poco de consuelo al saber que la mosca no había pernoctado en nuestro refrigerador, ya que le restaba gravedad a mi traición.
No recuerdo la última vez que dejé una mosca viva. En las casas donde crecí nunca faltaron matamoscas, artefactos indispensables para la paz y tranquilidad del hogar. Los había debajo de las camas y los sillones, encima del refrigerador, a un lado de los botes de basura. El arma estaba al alcance de la mano, así que no había pretexto para no empuñarla. Mosca que veías, mosca que tenías que matar, sentenciaba la ley doméstica. Un mandato que fue inmutable para mí hasta el pasado martes.
De las manías que uno puede heredar de su familia, pienso que la de matar moscas, si bien no es decorosa, tampoco es la peor. A mi esposa le molesta cuando corto nuestra conversación a medias con tal de darle muerte a cualquiera que pase volando frente a mis ojos. Lo cierto es que no me toma mucho tiempo ejecutarla. Con tanta experiencia acumulada, mi tino es preciso y mi swing compacto, rápido y equilibrado. Mis papás estarían orgullosos de mí, si no fuera porque, como acto de rebeldía contra su atavismo, no tengo un solo matamoscas en casa.
Posdata: Les comparto otro texto que logró trascender al plano editorial: El único deporte de hombres


Estaría más orgulloso si haces un upgrade a un matamoscas eléctrico